Planeamos la IA, pero ¿planeamos a las personas?
- feliperivera2
- 19 may
- 4 min de lectura

Autor: Ricardo Tanco - Cofundador y Director de Hemisferio D - CLAP
Al inicio de cada año, muchas organizaciones hacemos el mismo ejercicio: definimos prioridades, objetivos, KPIs, OKRs y metas que deberían orientar el desempeño de los equipos.
Pero este año esa conversación la sentimos diferente en nuestra organización. La inteligencia artificial se metió en el centro de casi todas las discusiones estratégicas.
Hablamos de cómo aprovecharla, cómo integrarla a nuestros procesos, de los productos que podríamos crear, las eficiencias podemos lograr, los nuevos ingresos puede generar y cómo puede transformar nuestra industria.
Y todas esas conversaciones alrededor de la IA eran necesarias, especialmente por los cambios que estamos viviendo en nuestra industria.
Poco a poco, nuestros objetivos organizacionales empezaron a construirse alrededor de la IA, y con ellos también las metas personales y las métricas de desempeño quedaron amarradas a cómo íbamos a ser más productivos con ella, cómo la íbamos a usar, cómo la integraremos en nuestro trabajo y cómo podríamos movernos más rápido. Todo lo relacionado con IA empezó a vivirse con un enorme sentido de urgencia.
Pero hay una pregunta que, en medio de toda esa urgencia, muchas veces dejamos de lado: ¿qué va a pasar con las personas que tienen que llevar a cabo y sostener esa transformación?
La IA llega con la promesa de automatizar tareas, acelerar procesos y aumentar la productividad, liberando tiempo para enfocarnos en lo realmente importante: lo estratégico, la creatividad y la toma de decisiones. Pero también puede traer una consecuencia menos visible: convertir ese tiempo liberado en más trabajo, más presión y expectativas cada vez más altas
.
En nuestros términos: antes producíamos 10. Ahora, como existe la IA, pareciera que deberíamos producir 50
.
Pero hay una realidad que no podemos ignorar: las personas necesitan aprender, adaptarse, redefinir su rol, entender nuevas herramientas, anticipar cambios y convivir con una incertidumbre cada vez mayor sobre el futuro de su trabajo.
Ese proceso no es neutro. Genera estrés.
Lo que puede estar pasando es que estamos diseñando metas ambiciosas alrededor de la IA, pero no estamos diseñando con la misma disciplina las condiciones para que las personas puedan alcanzarlas de forma sostenible.
Ahí es donde conecto esta reflexión con el último reporte de McKinsey, The State of Organizations 2026. El artículo plantea que el alto desempeño sostenible no se logra enfocándose únicamente en resultados, sino combinando desempeñó, personas, cultura, sistemas de gestión y bienestar. McKinsey señala que las organizaciones que ponen foco tanto en personas como en performance tienen muchas más probabilidades de sostener resultados financieros superiores en el tiempo.
Implementar IA no puede significar simplemente exigir más. No puede ser solo una conversación sobre eficiencia, automatización, nuevos productos o nuevos ingresos. También tiene que ser una conversación sobre capacidades, bienestar, liderazgo, claridad y acompañamiento.
Porque si cambian las herramientas y los procesos, también cambian las responsabilidades. Y si cambian las responsabilidades, deberían cambiar las formas de medir, gestionar y acompañar el desempeño.
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Y ahí fue cuando me empecé a hacer otra pregunta
Mientras hablábamos de automatización, eficiencia, nuevos productos y productividad, me di cuenta de que casi nunca estábamos hablando de algo más básico: cómo iban a vivir las personas toda esa transformación.
Detrás de cada objetivo relacionado con IA había personas intentando entender nuevas herramientas, aprender más rápido, redefinir su rol y adaptarse a expectativas que cambiaban casi cada semana.
Y creo que ahí hay algo que muchas organizaciones podemos estar subestimando. Estamos redefiniendo la forma de trabajar, pero seguimos gestionando a las personas como si el contexto fuera el mismo de hace dos o tres años.
Seguimos usando modelos de desempeño pensados para una realidad distinta. Definimos metas nuevas, pero no siempre revisamos si las personas tienen el tiempo, la claridad, el acompañamiento y las herramientas necesarias para llegar a ellas.
A veces pareciera que la IA se convirtió, sin querer, en una justificación para exigir más: más velocidad, más productividad, más capacidad de respuesta, más entregables y más adaptación. Pero pocas veces nos detenemos a pensar qué necesita cambiar en la organización para que las personas realmente puedan sostener ese nivel de transformación.
No basta con preguntarnos qué vamos a automatizar o qué eficiencias vamos a capturar. También deberíamos preguntarnos: ¿las personas entienden cómo cambia su trabajo?, ¿tienen espacio para aprender?, ¿estamos ajustando las expectativas al nivel de incertidumbre que estamos viviendo?, ¿estamos confundiendo productividad con sobrecarga?, ¿estamos diseñando sistemas sostenibles o simplemente acelerando más?
Leyendo recientemente el reporte de McKinsey sobre desempeño y bienestar, hubo una idea que me quedó dando vueltas: las organizaciones con mejor desempeño sostenido no son necesariamente las que más presionan, sino las que logran equilibrar resultados, cultura, liderazgo y bienestar.
Y creo que eso es exactamente lo que la conversación sobre IA necesita hoy. Porque el reto no es solamente implementar tecnología. El reto es hacerlo sin perder de vista a las personas que tienen que sostener el cambio todos los días.
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